El socavón

SALVADOR RIVAS GÁLVEZ

El pavimento rugió y un enorme agujero se tragó la rotonda: el bordillo, la tierra tapizada de hierba artificial, el pedestal, la estatua. Que fuera una hora tan temprana facilitó que el suceso no se convirtiera en una tragedia. Se quedó en simple desgracia cuando don Cosme, al volante de su coche, se precipitó en la negrura. Después acordonaron la zona. A mediodía un nuevo estertor ensanchó el socavón. El quiosco desapareció junto a los clientes que especulaban sobre la profundidad abisal. Entonces desalojaron el centro comercial. Apagué la tele, me levanté del sofá, cogí el arnés y el rollo de cuerda trenzada. Decidí que había llegado el momento de explorar el infierno.