Un secreto

salvador cortés cortés

La bella Carlota, tras aquellas palabras, lo besó dulcemente, se levantó y se fue.
Tiempo después la volvió a ver por el barrio junto a un guaperas italiano que chapurreaba con gracia el andaluz; y tiempo después, sola, sin compa?ía masculina, repartiendo flyers de una discoteca de moda en el centro de la ciudad; y el que durante unos meses fue nombrado Alejandro supo que podía recuperarla, pero no lo hizo: ni lo intentó: sus vidas se habían separado para siempre.
«¿Sabes, Carlota?, creo... siento que has entrado en mi vida», le dijo un día, cuando todavía la inocencia los envolvía, «que no saldrás jamás»; «¿Y Lola?, ¿qué harás con Lola, Alejandro?»...
La eligió a ella: a Lola le rompió el corazón; lo tuvo que hacer así. Alejandro y Carlota no son ya más que dos nombres unidos por unas voces oídas por ellos mismos: un secreto.