Supermán

BEATRIZ DíAZ RODRíGUEZ

Eduardo se compró el disfraz de Supermán en una tienda de chinos: aunque no sabía cuándo se lo pondría, le dio un repente y lo adquirió por un módico precio. Volviendo a casa, se le ocurrió ponérselo. Así que, sin pensarlo mucho, se metió en un aseo público; se mudó de ropa. A punto de salir, Eduardo oyó voces, gritos agudos: «¡Ah, mi madre, se ha quedado encerrada en la casa, está mayor, enferma, que alguien me ayude!» Salió Supermán. «¡Usted, ayúdeme!, ¡trepe a la ventana que da al ojo patio, ábrame la puerta!»; «Pero yo...», balbució Eduardo; «¡Usted es Supermán!». El rescate se efectuó sin sobresaltos; salvo el que se llevó la anciana al ver a aquel fantoche.