Manías

Nuria Mancilla Cantos

Mauricio, administrativo de oficio, se alejaba de las multitudes sombrías, de la superficialidad de las mentes vacías, mostraba repelencia hacia el consumismo de las grandes urbes y una abrumada timidez que se escondía en un disfraz de vehemencia que pocos entendían. Perspicaz, minucioso y perfeccionista, manejaba las palabras por su mente como un acróbata sobre una cuerda tensada en su cabeza. Solo una obsesión le acaparaba, una manía que le atrapó hace doce años cuando vio por primera vez el nombre de su hija marcado en una lápida con un manto lúgubre de eterna y nívea frialdad. Desde entonces empezó a estudiar los apellidos de los clientes que llegaban a aquella oficina de seguros, su derivación, sus orígenes y los anotaba en un cuaderno que guardaba en el más recóndito lugar de su mesa de oficinista.
-El maniático- decían algunos.
-El escribano- decían otros.
Para él, simplemente, manías.