Pantalón de pitillo

francisco merchán

El llanto anegó sus ojos olivados mientras se despedía mentalmente de su envidiable anatomía. Se puso de pie y se subió el pantalón de pitillo, dando por perdidas en combate aquellas finas braguitas de encaje negro que tanto le gustaban. Su rostro, cincelado por el mismo Miguel Ángel, arrojaba una envidiable sensación de paz.»Nunca mezcles trabajo con placer», oía retumbar en su cabeza las palabras de su mentora. Con voluntaria lentitud, Mantis sacó su pistola, roscó el silenciador y, tras santiguarse, descargó medio cargador sobre aquella especie de dios griego. La vida a veces era caprichosa aunque por veinte de los grandes podría llegar a soportarlo.