Nunca me creerás

carlos buj

Paseaba por Ordoño cuando vi a esa mujer que lloraba inconsolable en una terraza. Pronto imaginé que las lágrimas se desbordaban, una corriente de agua imparable que inundaba la avenida y las tiendas próximas. Los sótanos y los aparcamientos quedaron anegados. A tal punto llegaba ese dolor que acabó cercando los edificios más altos. Solo las antenas de televisión parecieron quedar al resguardo. Al naufragio sobrevivieron los colchones, la ropa flotando en la riada. Esa tristeza de los objetos. Me acerqué a ella y le ofrecí un pañuelo. Sé que no me va a creer pero en el fondo estoy evitando males mayores, le dije.