Mi anaconda

manuel j, rodríguez marcos

Hace tiempo que la deseo. Ha venido a mí en su jaula de polietileno y la he instalado en el hábitat artificial que ocupa todo mi salón. Siempre he querido una anaconda. La cuidaré, le contaré mis hazañas y desventuras, y la alimentaré con roedores vivos. Ella los estrangulará lentamente y los devorará sin masticar. Obviaré la hipocresía de quienes critiquen su crueldad o mi permisividad. Es un depredador, ¿qué pretenden, que píe o traiga las zapatillas? Observaré sus digestiones con arrebol y, en pocas semanas, la querré como a una hija, o una amante. Cuando me corresponda, alcanzaremos una extraña felicidad. Pero nunca (y digo nunca) cederé a la tentación de acariciar su piel reptil. Se mantendría fiel a su esencia y devoraría mi mano, con sus falanges y sus caricias.