Nueva Dulcinea

MAYTE TUDEA BUSTO

Hoy, igual que otros d√≠as, ese cliente habitual de flaca y desgarbada figura toma asiento en la mesa de siempre. Me acerco y le entrego el men√ļ para que elija. √Čl, siguiendo la costumbre tantas veces repetida, se levanta, besa mi mano y me saluda con trasnochada galanter√≠a: Buenos d√≠as, se√Īorita Dulcinea. Su presencia ilumina este vulgar comedor. Se mueve usted con la gracia de una danzarina. Cada d√≠a me adula con palabras rebuscadas y diferentes, aunque suenan muy antiguas. Me siento inc√≥moda al escucharlas, y al mismo tiempo, halagada.
Cuando acerco la comanda a la cocina y oigo al patr√≥n gritar: ¬°Lorenza, espabila! ¬°Lorenza, m√°s garbo! ¬°Lorenza, que es para hoy! observo que el cliente chiflado se levanta con decisi√≥n mientras la rabia brilla en sus ojos. Me cuesta dar cr√©dito a lo que veo, pero su mano empu√Īa una lanza. Sonr√≠o y pienso: ¬°Por fin, por fin alguien va a defenderme!