Disfraz inútil

JORGE JIMÉNEZ

Cuando entró en la habitación encontró yaciendo a su amante con el marido. Como éste le daba la espalda, tuvo tiempo de esconderse en el ropero. Ella giró la cabeza hacia un lado y con la boca le hizo saber que no hiciera ruido. Así lo hizo, abrió la puerta del ropero y entre chaquetas y vestidos ejerció de topo sentimental. Pero la cosa no tenía fin, los gemidos parecían un disco de vinilo en revolución eterna. Siete horas de pie en el ropero no lo puede aguantar un amante cornudo a fuer de marido. Harto, salió del ropero vestido de mujer con crepé morado, unos zapatos de aguja y una pamela de paja decorada con flores rojas.
La mujer, al verlo, se quedó paralizada: nunca un coito fue tan interruptus. Ya puesto en el borde de la cama, tocó la espalda del marido, y era otro.