El inquilino molesto

MARÍA MACARENA GÓMEZ NAVAS

Todas las mañanas me levanto con la ilusión de no oír un portazo en la puerta de entrada al edificio.
La primavera pasa y el verano llega con molestos ruidos que no te dejan descansar.
Esa maleta que arrastran, esos roces que dibujan una fina línea hacia el piso de arriba donde pareciera que no vive nadie, si no fuera por esas visitas intempestivas a mediodía o que te despiertan en la mañana.
Suena el botón de llamada al portero electrónico. Curiosa me asomo para comprobar a ese molesto inquilino que perturba mi tranquilidad.
Sin mediar palabra, me dedico a realizar aquellas cosas pendientes, después de levantarme en esta soleada mañana del mes de julio, tan calurosa como antaño, y que un chapoteo de agua fría logra mitigar.
De nuevo suena y le cuento: «llame usted al que alquila y déjeme vivir en paz».