Todos los días al sol

ANTONIO GAVILÁN VILLATORO

Como cada mañana me dirigía hacia la boca del metro con mi esposa, mi «santa», como diría mi abuelo, para dirigirnos al trabajo. Desde su inauguración, nos había venido bien la proximidad a casa y a los destinos habituales, y por eso habíamos dejado de usar el coche. Curiosamente ahora me fijaba mucho más en la ambientación, la pulcritud y modernidad de las instalaciones, las caras de la gente, cada uno con su historia a cuestas... y solo algún traqueteo ocasional me sacaba de mi ensimismamiento. No paraba de darle vueltas a cómo encontrar el modo y la ocasión de decirle que hacía más de un mes que me habían despedido. Mañana se lo digo.