Fructus Ventris

Débora Garber

Pepe le trajo aquel día una papaya perfecta de su huerta. Antojo satisfecho. Al partirla, por el largo, se percató primero del intenso perfume acaramelado. El aroma de la querencia. Entonces observó la forma elíptica y el ocre rosado de la pulpa. Entre las manos parecía una matriz en la que anidaban cientos de semillas. Las pepitas negras brillaban como las pupilas de la niña a la que aún no había dado luz. Pronto emergería la criatura a mostrar al mundo la infalible sabiduría de la naturaleza y el infinito valor de la madre. Saboreando la papaya, sentada en la mecedora al atardecer, el terral le susurró el nombre Sofia. Duda resuelta.