El gallinero

Beatriz Díaz Rodríguez

La señora Ana se despertó cuando el sol apenas asomaba por el este. Se calzó y vistió con prontitud. Encendió la cafetera eléctrica, a la que puso agua y molido café. Abrió la puerta principal y salió en dirección al gallinero: una burda construcción adyacente a la vivienda. Cuando llegó a éste, dio un empujón a la portezuela de madera; no obstante, lo que vio la hizo retroceder: las gallinas estaban todas extendidas en el suelo de grava, muertas. Volvió escopetada a la casa, entró al dormitorio y gritó: «¡Gregorio, despierta!»; «¿Qué pasa, Ana?», preguntó su marido somnoliento; «¡Las... las gallinas..., están muertas!»; «Ana, las envenené con arsénico ayer por la noche, antes de acostarme»; «¿Por qué?» Entonces, Gregorio tuvo que explicarle lo de la licencia expirada, lo de la multa, lo de su escasa rentabilidad. «Sí, pero», replicó Ana, «los pollitos», siguió Ana, «¡no están en los ponederos!».