¡Gol!

Miguel Ángel Muñoz Alonso

Sentado en la terraza de un bar de carretera fue diseñando la estrategia de su oculto plan. Dentro, el escaso personal parecía abstraído. Un único camarero fregaba con desgana la vajilla, fijando la mirada en una gigantesca pantalla, atento a las jugadas. Una meretriz entrada en años y flacidez, se limaba las uñas tras su último intercambio comercial. Y el inquilino habitual, vaso de aguardiente en mano y en precario equilibrio sobre el taburete, farfullaba un confuso soliloquio sentenciando sus teorías del caos, que a nadie parecían interesar. ¡Penalti! gritaron al unísono. ¡Penalti de libro!
Era el momento propicio. Extrajo con sigilo el arma de su bolsillo y apuntó a su cabeza. Después solo se oyó una detonación seca, apagada por el griterío de júbilo del interior. Había empatado el equipo local.