Encaje chantillí

ASUNCIÓN CABELLO LÓPEZ

Natalia está muerta, la han matado de la peor manera, asfixiada con el vestido de novia que lució su hermana dos domingos atrás. Yace retorcida entre fino encaje chantillí. El camisón enrollado hacia arriba deja al aire un pañal sucio de adulto. La mañana aprieta calor. Piedras de agua, bajo un cielo embravecido vociferando la muerte de un ángel, entran por la ventana enfriando un suelo poroso. Carmela Domínguez sabe que no puede acusar a los drogadictos del callejón porque anoche no estuvieron allí. Ella está sentenciada de metástasis pulmonar. Pronto iría Natalia a un centro de enfermos mentales roto el juramento que hizo su hermana de cuidar de ella, antes de firmar junto a su marido un contrato indefinido en una fábrica alemana. Carmela Domínguez siente un gran dolor por sus hijas. Ahora espera sentada, junto a la cama de barrotes altos, una segunda sentencia.