El estirón

Rafael Badillo Fuentes

En los ochenta, con quince años, noté algo por primera vez. Después de pasar un rato estudiando con mi amigo Alberto, mientras algunos visitaban la tienda de guitarras o compraban el último disco de Nirvana, yo me conformaba con gastar mi tiempo libre pensando en amores imposibles y grabando cintas tdk, pillando al vuelo las canciones de la radio con un aparato Sanyo de un sólo altavoz. Ingenuamente visualizaba un futuro de disc jockey de radio o discoteca. Pensando en qué sería de mayor, decidí bajar al centro. Tras pasar la tarde en la sala de juegos Letram, frente a la pantalla del Galivan, caí enfermo con fiebre. Durante aquella semana, mientras yo pasaba una gripe, nadie preguntaba por mí. Simplemente el mundo no sabía aún que yo existía. Imaginaba como sería ser adulto, mientras mi madre le soltaba el dobladillo a los pantalones.