El café

Nuria Mancilla Cantos

Vivían en una ciudad húmeda donde pasear por las calles se había convertido en una costumbre para viandantes faltos de complicidad. Se sentaban como cada día en «El Café». Decían que por el café de los lectores se podía adivinar el gusto por los libros. Altos, refinados y con cierto aire de prepotencia, olían a petulancia. Ambos leían hasta terminar el café. A veces, charlaban, pero su parquedad en palabras no marcaban resonancia en sus corazones. Eran historias divergentes en prosa con olor a cafetera. Aquel día no hubo leche. Reemplazaron una nube por un solo, el azúcar por el sabor acibarado de las zurrapas, una mesa por dos y el principio de un libro por un adiós.