Anastasio

José Antonio Olmedo

Gozaba de popularidad en su pueblo. Era raro, como su nombre. Cada mañana paseaba su impecable traje blanco por La Rambla. De misa diaria, ante los atónitos ojos del monaguillo novato, repetía una peculiar costumbre: depositar en el cesto de la colecta un billete de 5 pesetas y recoger 4 de vuelta.