Desorden

maría jesús ríder

Cuando desempolvó a Daisy un súbito recuerdo afloró entre los pliegues del pasado, y una sensación febril la devolvió a su adolescencia. Sus ojos de cristal parecían reflejar caricias timoratas, en la nostalgia de lo irrepetible, en la arritmia de un corazón, que se vestía de fiesta para burlar el vértigo de aquel abrazo de lascivia.
El titileo intermitente de la vieja bombilla iluminaba tenuemente aquel desván, donde se citaba su desasosiego. Guiada por su instinto, se abandonaba al recreo de sus sentidos, amparada en la intimidad que aquel desorden le prestaba. La seda de sus labios temblaba por descubrir la redondez del otro, tímido aún para la seducción; y agudizaba la punzada salvaje de un vientre húmedo, desenfrenado; entregado al goce de aquel inédito olor a desnudo. Reliquia perdurable, y como mosca golosa, acudía a rememorar el dulzor de aquel encuentro.