Desayunando vida

Carlos Gil Gómez

La nota relucía en la puerta de la nevera. Una isla en medio de un océano de agua blanca. Abrió la puerta de aquel frigorífico esperanzado, sin embargo, estaba completamente vacío. Lleno de decepción abrió la primera tapa, después la segunda y finalmente cerró el tercer cubo de basura sin nada que llevarse a la boca.
Para ahuyentar su hambre recordó la nota. La despegó con cuidado y se la comió. No sabía tan mal. A continuación, apagó la luna y encendió el sol. Había sido una larga noche a la intemperie y no había podido dormir, ni siquiera, contándose ovejitas.