Delicatessen

Miguel Ángel Muñoz Alonso

Algún amigo desleal me recomendó el lugar. Nunca tuve en el buen yantar una de mis emociones confesables, aunque eso no significaba que comiera cualquier cosa. Pero me bastaba con que cumpliera su función básica sin atentar contra los sentidos.
Viendo las maderas y la decoración zen de aquel oráculo de los paladares asumí que la clavada estaba garantizada.
Perdonándome la vida con una mirada de suficiencia, el maitre me recomendó el menú de degustación, lágrimas de salmón del Mar Negro gratinadas en musgo de rúcula al ozono hidratado en jugo de jengibre de Yorkshire. Pese a mi reticencia se encargó de presentármelo, aunque necesité unos prismáticos para divisar un solitario átomo de sustancia gelatinosa en el páramo de una porcelana elíptica imposible.
¿Qué tal un pincho de tortilla y un rioja? le sugerí con ganas de gresca. Pero el sofoco y el vahído subsiguiente le impidieron contestar.