Uno más uno no son dos

Francisco Merchán Pérez

La coge con sus propias manos y la parte en dos mitades, pasándole bajo el paraguas de un tímido guiño la más hermosa. Está más seca que el ojo de un tuerto pero al pequeño Martín le sabe a gloria. Tras varios días tragando polvo y cemento, ni siquiera los gusanos consiguen amargarles el festín.
-Despacio- le advierte la joven mientras le mezcla el pelo con su mano.
Minutos después, poco a poco, el silencio va inundando el lúgubre sótano.
-Parece que han parado ya- afirma -Voy a ver. No te muevas de aquí. Y no hagas ruido, por favor.
Una hora más tarde, los atronadores silbidos vuelven a ser infernales aunque Martín no se da cuenta de nada. La otra mitad de la torta le mantiene demasiado ocupado.