El diagnóstico

Miguel Ángel Muñoz Alonso

El médico miraba los informes con cara de preocupación. Yo me encontraba sereno y era el doctor quien parecía angustiado, sin saber cómo abordar el problema, que en realidad era supuestamente mío.
«Me temo que tengo que darle malas noticias», me dijo cariacontecido. No sé por qué lo temía si era lo esperado. Y tampoco que fueran malas noticias, pues dudo que estuviera al día de mi escala de valores.
La enfermedad se había extendido y había que actuar sin demora. No presté excesiva atención a sus explicaciones sobre los diferentes tratamientos que debía seguir. Por primera vez en mucho tiempo, mi rostro se iluminó con una débil sonrisa. Nada tenía que perder. Pronto me reuniría con mis seres queridos. Y en el peor de los casos, acabaría mi sufrimiento. La nada era mucho más de lo que tenía hasta ahora.
«Muchas gracias, doctor. Me ha dado una gran alegría».