Aforismos de un adiós

enriqueta ulzurrun de asanza y vega

Los grillos cantaban, a pesar de que aún faltaba algunas horas para que atardeciera, cuando Hatsumi volvía de casa de Kazuya. Habían cortado aquella mañana.
Un cepillo de dientes y unas bragas fueron lo único que quedaba por allí. Cerró la puerta suavemente arrastrándola a su espalda, dejó la llave bajo el felpudo y se dirigió al metro.
De regreso a su piso, la esperaba el gato al que siempre daba de comer después de trabajar. Olía a tierra mojada y en sus patas, tenía pegadas briznas de hierba que le sacudió sacando su ropa interior del bolsillo.
El felino se frotaba contra su sandalia cuando dos ardientes y pesadas lágrimas se deslizaron por su rostro hasta estallar sobre el asfalto, oscureciéndolo.
Los grillos enmudecieron.